Después de arder en odio 100.000 veces, de crucificarme en cualquier otro plano astral, de jurar hasta por mi alma y luego no saber como empezar... quizás marcharme a tiempo es lo mejor. Esos momentos en los que cierro la puerta y pienso ''sal corriendo''. Solo pienso en escaparme, en no verme nunca más.
Supongo que cada uno tiene su forma de afrontar las cosas y la mía se limita a sangrar. A no quererme ver ni de lejos, a no querer ni respirar.
Cierro los ojos y solo veo colores repitiéndose a lo largo de un bucle que no va a acabar. Que no parece que vaya a terminar. El ciclo de lo imposible, los círculos que te rondan por detrás, el árbol de la vida en tus pupilas y en las mías una cruz, para recordarte que he pecado. Que yo soy el pecado. Que hay un Baphomet en mi pecho y si abro la caja no sé bien que va a pasar.
Vísceras en el suelo. La vida que jamás podré recuperar en el suelo, a trozos. Me espero y los barro. Los miro y los sueño. Recaigo, me siento a esperar a que vuelvan a recomponerse solos aunque se de sobras que no lo harán. Soy la cruz, soy ese algo viejo que ya te has cansado de utilizar. El trasto que molesta más que ayuda, que ha cumplido su función vital y al que le toca ser reemplazado, al final. No sé lo que quiero, solo que no quiero existir nunca más. No sé lo que quiero, solo que hoy no quiero dormir sola, que me atormenta dormir sola. Que echo de menos tu calor. Hasta en agosto, cuando llueve (y cuando no), echo de menos tu calor.
Contaminada, los médicos dijeron que era crónico y simplemente asentí como sin asumir bien esa carga.
Y es que nunca asumí bien esa carga, y hoy me pesa como nunca había pesado.
Se me escapa entre las manos como ganas de llorar.
Como el nudo en la garganta cuando intento no llorar.
Que Dios me fustigue hasta que crea conveniente, hasta que lo haya pagado. Que el error más grande de mi vida ya lo he cometido y ahora el miedo es solo miedo, solo un pasajero en un tren sin ruta, sin principio ni final, en una estación fantasma en algún bucle espacio-temporal.
Sigo haciendo de este cuarto seda cuando monto con el humo estas cortinas, que me salvan de pensar. Aunque en realidad no me salven de pensar si no que solo canalizan mi rabia en algo más sensato que pegarle a las paredes y querer tomarme todas las pastillas que encuentre por la casa. Dios elige, Dios dirá. Mi espacio se evapora como cualquier otro ciclo vital, atrapada en la rueda del hamster sin poder parar de girar, y girar, y girar. Acurrucada en el regazo de alguien que no me piensa valorar.
Irme lejos. Donde no me encontrarán. Donde el odio sea incierto pero el amor de verdad. Donde mi alma sea la cueva y el cuerpo residual. Donde los ojos del enemigo no busquen guerra y vengan a declararme la paz. Donde mi mundo sea mi mundo y se parezca un poco al de los demás. Solo un poco. Solo quiero ser normal. Aspiro a poco (aunque ya es mucho en realidad).
No hay nada ya que sea lo suficientemente fuerte como para seguir adelante. Nada que me diga que salga adelante. Nadie que me diga que soy importante. Que salga adelante, digo. No sé. Pierdo el norte a la vez que la cabeza y de mientras me tiemblan las piernas y los pies. Y tiendo a negativizar antes de verlo claro pero siempre termino por acertar. Maldita manía de mierda que solo me hace dolerme. Maldita manía de mierda que solo me hace odiarme. Maldito odio de mierda que solo me hace...
Respira hondo. Vuelve al sitio. Camina despacio. Agarra bien el aire y luego déjalo ir. Date una ducha de agua fría, agarra hielo hasta que duela, muerdelo. Camina por las cuerdas. Rompe las paredes, los cristales, los jarrones y los muebles. Culpa de eso a todo menos a ti misma y vuelve a repetirte que estás bien. Claro que estás bien. Solo quedan 9 días para el funeral.
Mienteles, mienteles, mienteles.
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