sábado, 29 de julio de 2017

Día 64.2: Calambres


Día 64.1: Ni palabras tengo ya

Yo no me enamoraría de mí, soy la definición perfecta de desastre, supongo que es por eso que no te culpo. Aquí sigue lloviendo desde entonces y he descubierto que el paraguas se ha vuelto un complemento inútil.

Quiero ahogarme en el llanto del que llora por otro alguien y dejar de sentirte. Volar. Quizás encontraré el camino y volveré a elegir el incorrecto.

Nada que se ajuste a la realidad, sólo somos paradigma. La lógica dentro de lo insustancial. Una circunstancia.

Solo somos niños pequeños envolviéndose en papel Albal.

Día 64: Fuego

Mi vida se incendia en cada paso que no doy. Soy lo que no puedo ser, vivo del aire que no respiro y me asfixia tu estúpido oxigeno a 1 euro.

A veces lo llamo estar rota y otras desconectada. Me reinicio y vuelvo a empezar.

Pero no hay reinicio.
Estoy en esta jaula de cristal.
Roto.
Pero cristal.

Lo intento mil veces y nada. Lo intentare mil más. No va a funcionar.

Encontraré el camino correcto.

Entre el fuego de mi vida incendiándose por cada paso que no doy, ya no te encuentro, quizás te confundo entre toda esta gente con máscaras. Estoy rezando pero hasta Dios se ha vuelto ateo. Hasta mi psiquiatra se ha vuelto loco. Hasta mi verdad se ha vuelto mentira.

Escupo demasiado odio cuando ando por esos cables. Te juro que creo que dibujo demasiada rabia por metro cuadrado. Hasta mis crisis te echan en falta. Hasta mis mejores días te echan en falta. Y yo discutiendo con ese hijo de puta que me dijo que no podría.

Llámame si me echas de menos. No sé.
Espero. O tal vez no. No espero.
No sé.

Me escondo. Es mejor así. Que nadie me vea la cara de muerta, que nadie se fije en estas ojeras, que nadie interrogue mis ojos. Que no me vean despierta. Inundé tantas veces la casa que creo que he jodido los muebles. Ten cuidado, que no me vean.

Dentro de mi cuerpo solo hay fuego.

jueves, 27 de julio de 2017

Día 63.2: Olvido nº 2

Indagar dentro de mi. Encontrar esa ciudad fantasma. Caminar por las calles oliendo a apocalipsis. Llover encima tuyo, para que me recuerdes. Ser nube. Ser mar. Ser sol. Ser montaña. Ser pájaro. Y metal. Horizonte y viento frío. Comerme mi propio corazón, antes de que todos estos sentimientos decidan que ya es el momento de que vomite; y así es como llené todas las paredes del cuarto de sangre, de amor y odio y de despedidas a medias que nunca sabré olvidar. Soy aire, a veces cristal. Tormenta de verano e hija de Lucifer.

Saldré de aquí, me lo prometo.

En algún momento dejaré de seguir esas huellas que me llevan a pecar. Dejaré de mirarte los labios como si algún día de estos fueras a decidir besarme, como antes y como nunca nadie lo hará. Pero algo me dice "despierta, has de empezar a olvidar". Alguien me apunta y me dice "o olvidas o morirás". Me pone el cuchillo en el cuello y repite "olvídate o morirás".

Y sigo llorando como esa niña el día que nadie recordó que era su cumpleaños.
Como el día en el que se le escapó el globo.
O como cuando fue la policía a casa y volaron ceniceros.
Pero seguía esperando a que el amor la hiciera libre.

Realidades alternativas (escondidas en tus ojos).

Saldré de aquí.

Atrapada en la paradoja de que cuanto más duela más viva me sentiré. En un lago plagado de caimanes con la cara de todos los errores que cometí en el pasado. Abrazándolo de puntillas, para no despertarlo. Atrapada en el nunca que es todo. En el todo que es la nada. En ti, en definitiva. Solo tienes que imaginar esa vez que te doliste tanto que deseaste no existir... y multiplicarla por infinito. Solo tienes que mirar mis ojos para entender el vacío que crece a medida que asumo el destrozo, mi propio desastre. Con las piernas bañadas de sangre. El odio bañado de negro. El amor teñido del color de tus ojos cuando les alumbra el solecito de las nueve de la mañana y la prisa del que sabe que le quedan solo dos suspiros de vida. La excusa bañada en excusas, que se convierte en una excusa más para que asuma ese no. No puedo no echarte de menos. Así que decidí arrancarme los ojos.

Ponle mi nombre al odio. Ponle mi cara cuando te sientas explotar. Yo haré lo mismo. Para siempre, como restos de lejía en la ropa, mientras mi mundo se tuerce y ninguna voz se parece a la tuya, ningunos ojitos se parecen a los tuyos. No hay calor que se parezca al que desprendes ni aura más dorada que la que veo en esos días en los que todavía consigo verte. Tú eres mi Santo Grial.

Pero me lo prometo, saldré de aquí, solo me queda esperar a que el cielo deje de estar nublado para que sepa bien por donde echar a volar. Hacía donde estoy yo. Las coordenadas exactas de tu cuerpo. Solo me queda encontrarme entre escombros. Encontrar el valor que determina la crisis. Dibujarte y tacharlo después. Como si fuera a solucionar algo.

Le estoy aullando a tu dios a ver si me escucha y nos cambia el destino.
Aunque ya sé que nacemos para morir.

Día 63.1: Ahora sí que ojalá

Ojalá
las noches fueran eternas
solo cuando las paso a tu lado
y no al revés.

Aunque tu cuerpo ya no busque mi cuerpo
y mis manos tengan
este desconcertante autocontrol.

Ojalá estuviera yo ahí dormida a tu lado
abrazándote
y haciéndote el amor.

Pero hay sueños que jamás se cumplen
y cosas que no tienen perdón.

Día 63: Asúmelo

Siento llorar océanos en esta despedida, pero te lo juro, no sé como amortiguar el golpe. La caída ha sido tan grande que me ha agujereado el pecho, atravesándolo. Casi me dieron por muerta durante veintidós segundos. Luego volví, pero ya te habías marchado, y me quedé sin alas, sin fuerzas y sin un sol al que llamar Dios. Rompí a llorar tantas veces que dejé un trocito de mi en cada rincón de la casa en donde nos habíamos hecho el amor con la mirada demasiadas veces. Pero ni al borde de la sobredosis serían demasiadas. Ni tiñéndolo de negro lo vi oscuro, quizás porque solo podía pensar en todos los cristales que empañamos, las sonrisas que me robabas cuando más necesitaba y en esas veces que me ponías todo mi mundo del revés, como a mi me gusta. O como me solía gustar. Tengo que aprender a hablar en pasado, o a no hablar.

Me voy por no ver como te vas, solo quiero mantener el recuerdo intacto. Dejar de ser solo lo que pierdo. Que pienses en mi en tus días libres, en tus días tristes, en tus buenos días, en tus buenas noches... que mi lengua sea tu llave maestra y caminar junto a ti hasta la eternidad.

Acércate y repiteme otra vez eso de que te has ido, que se ha acabado, que no existió. Dime también que cuando la besas, a veces, piensas en mis labios. Dime otra vez que somos imposible pero al menos reserva alguna de esas noches para correrte pensando en mi. Acaríciame sin tocarme y prometo sentirlo desde lejos. Cálmame un poco la sed, solo un poco. Quiero sobrevivir a este desastre, pero te sienta tan bien... congelaría el tiempo en todas esas veces que me miras y vuelvo a sentir ese jodido calambre de mierda recorriendo desde mis pies hasta mi cabeza, rompiéndome las costillas hasta astillarlas y convertir mi cuerpo en cenizas, ásperas y malsonantes. En cicatrices con la forma de tus huellas dactilares.

Solo
asúmelo;
no te quiere.
No eres tú esa persona.

No lo soy.

miércoles, 26 de julio de 2017

Día 62.1: Dolor

Me pierdo en el recuerdo, pero entonces aparece el para decirme, con toda la seguridad del mundo: "no vamos a ser eternos, olvida tu utopía". Y aún así sigo abrazándole y creyendo que quizás algún día el destino decide jugar a mi favor. Que si le demuestro a la vida que puedo con esto voy a poder con todo. Que para mí, siempre serás eterno. Que tus gemidos se quedarán atrapados en mi espacio-tiempo hasta el día en el que, por fin, deje de respirar. Y aún así no se porque pero intuyo que seguirán ahí, atrapados, esperándonos por si algún día decidimos volver.

Sigo aquí, no sé si los ruidos allí fuera te han hablado de mí pero estoy segura de que mienten. O de que solo dicen la verdad a medias. De vez en cuando me escapo a escribir a algún lugar en donde no pueda olerte o verte en cada esquina sonriéndome como si solo yo pudiera hacerte feliz. Mi utopía.

Camino despacio, intentando no pisar las minas.
Y al rato me veo sangrando.
Aún no he muerto, te lo prometo.

Escalo entre nubes y lluvia. Desde el día en el que te fuiste el invierno le declaró la guerra al verano y creo que va ganando el primero. A veces no sé ni dónde estoy, pero luego me acuerdo: escalando entre nubes y lluvia, aunque lo peor de todo sigue siendo no saber ponerle nombre a este dolor. No saber coartar mis ganas. Estar presenciando la caída en vivo. La impotencia de estar presenciando esta caída en vivo. Me miro y creo que ya no estoy escalando... solo presencio mi caída. Lo veo todo pudrirse y aunque no quiero arrastrarte conmigo, no soporto que me arrastré sin ti.

Solo quiero volver a encontrarte donde me encontraré a mi. Pido a gritos tu presencia y cuánto más me concentro más lejos te vas. Quiero huir de todo a tu lado, nadar por el Pacífico y caminar por Egipto. Burlar al mundo entero y olvidarnos de nuestros propios nombres en Holanda, pero sin olvidar quiénes somos: solo nosotros. Sobrevolar África en una avioneta escuchando tu risa. Recorrer Tailandia y perdernos, bailar juntos en Las Vegas y caminar despacio por las calles de Dublín mientras hablamos del todo que es la nada. Que tus ojos me enseñen Berlín y tu risa París. Andar por Japón como dos niños pequeños en una juguetería y alegrarnos de ese para siempre que no existirá jamás. Visitar los supermercados de todo el mundo y comer en todos los Pizza Hut que sigan abiertos en el puto planeta, como te prometí. Como nos prometimos, ese día que nunca existió.

Soy como esa flor a la que cortan, por mucho que se bañe en mil aguas nunca va a recuperar su verdadera esencia. La vida.


dolor
1. Percepción sensorial localizada y subjetiva que puede ser más o menos intensa, molesta o desagradable y que se siente en una parte del cuerpo; es el resultado de una excitación o estimulación de terminaciones nerviosas sensitivas especializadas.
2. Sentimiento intenso de pena, tristeza o lástima que se experimenta por motivos emocionales o anímicos.


Y a mí, cariño, me duelen las pupilas cuando te miro y el alma cuando te observo. Me duele la cabeza al pensarte y la tristeza cuando recuerdo que te has ido. Muy lejos. Siento toda la sangre recorriéndome el cuerpo, bañándome en esa culpa que aprieta más la herida cada vez... dice que es precioso verme sangrar. Dice que el rojo es precioso. Y tiene razón.

Creedme, tiene razón.
¿Cómo iba a negarle yo la existencia?