viernes, 21 de julio de 2017

Día 58: Arañazos en la pared

Te quiero como si llevara tatuados nuestros nombres entrelazados y ensangrentados, desde el día en el que mi madre decidió traerme al mundo. Como si el amor se me llevara contigo cada vez que te escapas (otra vez), cada vez que te escapas (más), cada vez que (me) escapas. Como si me fuera a explotar la sien cada vez que parpadeas con esos aires de ser tú y solo tú quien puede controlar el tiempo, la tormenta y el viento que consiga secarme por fin las lagrimas. De los restos de eyeliner ya me encargaré yo después. Hoy, simplemente, me siento morir entre los brazos de nadie. Acurrucada en un recuerdo que jamás podré volver a creer real y atrapada en ese pasado que me tortura como si yo fuera su jodido prisionero de guerra.

Me ata las cuerdas a la espalda, mientras me dice: "tú puedes con esto".
Yo solo pienso: "¿quien es el gilipollas que te ha dicho a ti que pueda?".

Y ahora es cuando las mariposas empiezan a distorsionarme la realidad. Las mariposas que ya no son mariposas, si no abejas reina llenándome el cuerpo de ese zumbido inestable, de esos "venid a rescatarme". Pero de verdad, callaos ya. No va a venir nadie. Nadie. Tal vez en algún momento de todo esto estuvimos a tiempo, estuve a tiempo, o tal vez no. Pero levanto la cabeza y sigo buscándote en otras caras. En otros labios. En otros cuerpos. El problema es que mi imaginación es prácticamente nula y no te encuentro en ninguno de ellos. Las miro pensando "nunca estaréis a su altura". Y en cada primer beso pienso en esa jodida iglesia. En esa perfección convertida en caricia. En ese precipicio que eres y al que decidí saltar aún con el miedo a caerme. Y hoy estoy abajo, y sigo viva aunque huela a muerte, limpiándome los arañazos con mi saliva y sin cobertura para llamar a una ambulancia. Quiero que me hagas el amor, no que me lo sigas deshaciendo... pero este pulso no lo gano yo.

El recuerdo está intacto aunque me duelen las manos de intentar doblarlo para que dejara de intoxicarme con tu risa. La culpa a un lado, intentando hacerse notar y llamando mi atención a toda costa. Mis ojos rojos, rotos... como papel de periódico mojado. Mi sonrisa escéptica, de plástico. Mis gritos insonorizados. El margen de error al borde del colapso. El mismo sitio en donde me dijiste adiós. El mismo adiós que ya me habías dicho semanas antes.

"Que quizás si vuelvo, vuelves tú" - me digo
"Que dejes de engañarte" - replico
Y entonces veo que ya no hay posible vía de escape. Ni salida de emergencia.
Ni paz para alguien tan cobarde como yo.

Eres como una cascada en medio del bosque, descontrolada. El mejor paisaje que podrás ver jamás. El peligro en tus rocas, pero lo eterno de ver como el agua las golpea sin remordimiento. La calma en la orilla, el como se enturbia creando fractales impredecibles en cuanto te acercas. Y ojalá tu sonrisa en un llavero como souvenir de que sí, hubo un día en el que estuve allí. Ese día en el que besé su arena y caminé en sus aguas. Cuando saltaba, corriendo, sin importarme lo fría que pudiera estar.

Asumí muchas culpas y después, simplemente, miré hacia otro lado. Como si eso fuera a hacer que desapareciera. Lo curioso es que a tu lado todo desaparecía. Y ahora me enfrento a mi miedo, así, cara a cara. Me mira con cara de malo y se piensa que me va a intimidar. Y un poco sí que lo hace. Quizás más de lo que me gustaría. A veces es él quien sujeta los mandos y yo me dejo ser nada, porque siendo nada es más simple no existir. Así que sí, si te soy sincera, a veces no existo.

Adicta a mirarte y en plena desintoxicación, con la aguja en la mano y el pensamiento apuntándome. Y yo sin poder evitarlo empiezo a entender a todos esos locos que hablaban del séptimo cielo.

Me rescato de mi, otra noche más.

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