La soledad se me acerca, impertinente. Enciende las luces de toda la casa para que cuando me despierte piense que sigues aquí. Apunta a perder y acierta justo en el centro de la diana. Me apago como cuando se funde una bombilla, avisando con un leve parpadeo y después muriendo entre destellos de (no) luz, y vuelvo a llorar bajo el agua fría de la ducha en donde hace unos días te desprendiste de mi olor. Es difícil apartarme cuando en cada curva de mi cuerpo tengo escrito tu nombre. No hay camino en donde no hayas dejado tus huellas, ni pensamiento del que no desvíes mi atención, ni palabra que pueda pronunciar sin bañarme de nuevo en tu recuerdo. En tus ojos. En el mar. Cinco kilómetros que casi parecen cinco-mil cuando pronuncias mi nombre desde lejos. Y lo escucho porque eres tú. Y te escucho porque soy yo.
Ya no hay gato para este ratón.
Dispuesta a caerme si te voy a encontrar en el fondo. Pero creo que hoy nos limitaremos a ser ceniza, excusas encima de excusas que con el tiempo han creado un muro prácticamente inquebrantable que no voy a poder saltar. Del que no vas a querer salir. Nos limitaremos a ser extraños. Me limitaré a esta decadencia de saber que nunca más te voy a encontrar, y que si lo hago probablemente no te reconozca ya. Pero te lo juro, que con tu saliva mis heridas se curaban mejor. Que después de que dieras tu primera calada los porros me sabían mejor. Que me has matado de amor en cada orgasmo y me has resucitado después, enseñándome lo maravilloso que podía llegar a ser vivir y sonreírte al mismo tiempo. Pero hoy me rindo a la caída aún sabiendo que ya no están tus brazos para sostenerme, que esta vez dolerá. Que no hay red que soporte todo este peso.
Me entrego a la vida.
Me entrego a la muerte.
Me desnudo ante ti.
Desapareces.
Acaricio el muro por si es la última vez que puedo tocarte, rodeándolo tantas veces como me permita el día. Me trago mis palabras antes de que me traguen ellas a mi, ya sabes bien que cuando se encienden van a mecha suelta y no entienden de escrúpulos. Intento escaparme de mi, y en esa extraña distopía todos mis yos me dan la razón, aún sabiendo que no tengo posibilidades, soy yo contra la banca (y la banca siempre gana). Que voy a contarte yo a estas alturas. Seguiré pensando que los que están equivocados son ellos, y aunque no merezca tu risa seguiré deseándola cada noche al acostarme... seguirá faltandome cada mañana al despertar. Esas mañanas en las que me doy cuenta de que me dormí sin darme cuenta, cerrando los ojos cuando huelo tu lado de la cama y creyéndome mi sueño. No voy a ser yo quien diga que están equivocados, pero están equivocados. O quizás soy yo quien se equivoca. Quizás en lugar de sentarme a esperar debería sentarme y olvidar lo que algún día quise recordar para siempre. Pero vuelvo a tumbarme en tu lado mientras miro el reloj. Parado. Mientras siento tu olor... y me evado, respiro, y me voy de mi, y vuelvo a ti. Y al cerrar los ojos, por un segundo, vuelvo a sentirme alguien.
Ojalá vuelvas algún día a sacarme de esta pesadilla.
Ojalá pudiera alegrarme de que seas feliz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario