domingo, 30 de julio de 2017

Día 65.1: Calladita estoy más guapa

La rabia de explotarlo todo acariciándome el vientre con esas uñas en forma de cuchillas. Sonríe. Me mira. Aprieta un poco más esta vez. La sangre que sale de mis ojos deslizándose por todo mi cuerpo como tus dedos solían hacer. Mi miedo patológico. Las alas que no tengo.

Intento ponerle nombre a cada intento de desinfectar la herida. Todos en vano. Todo son fallos. Trato de esconderme tras la imagen de lo que fuiste ayer, solo trataba de esconderme. Pero todo desapareció como una aurora boreal desvaneciéndose entre las nubes de Noruega, esas nubes que parecían tener el mismo tacto que sus labios.

Bebiendo del humo que sale de su boca. Apagando el incendio que causa en la mía. Susurrándole al Diablo que me lama las heridas, que me rescate de tu cielo. Blasfemando en tu nombre. Y en el mío también. Castigando cada golpe de viento que se atreve a erizarte la piel sin permiso. Cada vez más rota, y los trocitos esparcidos por todo el asfalto. Alguno de mis yos me dijo que no era posible la reconstrucción, y le creí porque al final soy yo. Yo entre miles de personas vacías. Caras y caras de gente vacía. Gestos y voces de extraños, vacíos. Por eso supongo que he terminado yo también al borde del vacío.

Me he quemado las manos con ese fuego y rehuido a mis demonios hasta que se me terminaron los escondites. Ahora divago. Me arrastro y condeno cada acto de fe que todavía soy capaz de prever. Me lucho, y pierdo. Te lucho, y pierdo. Algunos nacen para vivir pero otros lo hacemos para perder, supongo que ya te habrás dado cuenta de que yo soy más bien lo segundo.

Callo más de lo que digo, y mira que escribo.

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